Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo. Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo. Los de mi grupo me llaman Alan pues ese fue el nombre que me pusieron los humanos.

Crecí feliz entre niños pues me alimentaban y jugaba con ellos siendo para mí todo como un desconocido paraíso, nada sabía de las penurias de los míos ni de sus sufrimientos. Todo cambió cuando crecí y un olor que me volvía loco llegaba de los árboles cercanos al poblado.

No sin miedo, aquel aroma me atrajo como un imán.

Cuando escalé el árbol desde donde me llegaba aquel divino perfume allí estaba ella, la miré y la vi perfecta como una Diosa.

Estaba en celo, por eso esparcía aquel aroma por la selva. Nos tocamos dándonos vueltas como el instinto nos dictaba, la sangre hervía en mis venas apremiándome a hacer lo que la naturaleza me decía. Me dejó acariciarla y ella me pasó su cara por toda la espalda, lo que me volvió loco.

Pero cuando me dispuse a aparearme, me paró con la mano.

— ¡Espera, Alan!

— ¿Sabes cómo me llamo?

—Te he visto crecer desde estos árboles y he observado cómo te hacías un gran ser digno de tu padre Demian, el gran caudillo de las familias de la zona.

— ¿Quién eres tú?

—Soy Zala, mi madre herida me salvó de aquella masacre en que todos los nuestros murieron, me llevó a lo más profundo de la espesura y allí me cuidó lejos de los humanos modernos que avanzaban derribando sin compasión a los hermanos árboles.

—Casi no me acuerdo. A veces, eso sí, veo sangre y muerte entre gritos y sollozos en unas extrañas pesadillas que me asaltan de vez en cuando.

—Es natural, eras muy pequeño, la convivencia con los hombres ha hecho que olvides tus orígenes, pero te puedo asegurar que el instinto está vivo en tu verdadera alma.

—Pero los humanos me tratan bien.

— ¡Me das pena! te tratan como a un juguete, por eso desconoces lo bonito que es vivir en la libertad, de tocar a los tuyos cada día.

Miré con pena el poblado que se extendía a nuestros pies e incluso pude oír cómo los niños me buscaban, pero ya en mi interior tenía una decisión tomada. Zala comenzó a saltar con gracia de rama en rama y yo, sin más, le seguí.

La seguí sin mirar atrás.

Me acerqué y ella se ofreció como una fruta exquisita y madura de un árbol cercano.

—Ahora ya has conseguido lo que querías, quizás me dejes y vuelvas a tu aldea.

—Ya nada me separará de ti, este árbol con su aroma mezclado con el tuyo me dice que este es mi verdadero hogar, seré quien debo ser, tú me enseñarás.

—Pronto te presentaré al grupo, pero estos días estamos muy bien los dos solos. Si volviese todavía en celo tendrías que pelear por mí con los otros machos y la verdad es que lo que me apetece es que tus fuerzas las vuelques en mí, estamos bien aquí en este nuestro paraíso particular.

—Debes saber, Alan, que algunos humanos vestidos cerca de aquí luchan por defendernos, pero mi madre me dice en mis trances que no es suficiente, que debemos ser nosotros mismos los que luchemos contra los que matan a nuestros hermanos árboles.

— ¿Cómo lo haremos?

—Mi madre me indica en sueños cómo parar las maquinas echando agua y tierra en sus depósitos

Nos descolgamos en silencio hacia el primer monstruo de metal amarillo. Entre File y Gutú desenroscaron el tapón que nos indicó Zala, sin perder el tiempo derramé dentro el contenido del hatillo de hojas que contenía piedrecitas y arena fina del rio.

Esperamos desde los árboles más altos a que llegase la mañana. Ya estábamos pensando que habíamos fallado cuando el gran monstruo se paró desprendiendo un humo espeso y blanco, los hombres lo rodearon y lo intentaron volver a la vida, pero quedo estático y callado para siempre.

Huímos de allí y ya en lugar seguro nos abrazamos ¡Qué bien sabia la victoria! Nos sentíamos invencibles.

Durante los siguientes meses las victorias seguían noche tras noche en toda la amplia zona que los hombres estaban dejando desnuda de vida, durante el día nos escondíamos hechos un ovillo en lo más profundo de la selva, todos seguían mis pasos sin discutir ninguna de mis decisiones. Zala, ya muy preñada, me indicaba los pasos a seguir para que no hiciésemos lo mismo y nos descubriesen, pues los sueños que le contó su madre le indicaban mil maneras de parar a las malditas máquinas.

Pero quizás tentásemos demasiado al destino y una noche que la luna brillaba y yo estaba cortando con los dientes aquellos extraños cables tan duros  que me los hacían rechinar y cortarme los labios, sentí en mi costado un sutil pinchazo que me tambaleó. Después, el trueno. Caí al suelo manando sangre por un profundo agujero, sabía que para mí era el fin, los demás trataron de ayudarme, pero los truenos se repetían cayendo incluso algunas ramas hechas astillas. Les ordené que me dejaran, protegieran a Zala y que huyesen.

Desde el suelo pude ver como arrastraban a Zala que quería bajar a ayudarme, pero era más importante que salvara a nuestro hijo que estaba a punto de nacer. Era el futuro.

Vi acercarse a uno de aquellos extraños hombres vestidos y levantar su reluciente machete, después un sutil silbido y ya todo lo vi negro, moría, pero sabía que los míos seguirían luchando por una naturaleza que sangraba en cada uno de los árboles derribados, si no lo conseguían, pronto todo moriría y la madre Tierra sería un pedrusco donde el viento solo levantaría una arena caliente y estéril.

Quizás algún día mi alma vuelva al poblado y os enseñe que en el tocarse mucho reside la paz. Quizás, aún estéis a tiempo.