No todo era el dinero y la fama. Eso era lo de menos. Lo importante era el poder del mito, de pasar por la tierra como una especie de gurú para la gente de a pie. «Hay días en que no pasa nada, y en cambio sucede todo» decía Francisco Umbral a propósito de la profundidad de lo cotidiano. A veces, una empieza a preguntarse qué clase de vida ha sido esa cómo ha sido vivir de aquella manera, renunciar a la vida común que nosotros llevamos para llevar una existencia abrasadora, sorprendente y llena de anécdotas. Una vida en la que no transcurre un sólo día insípido, un sólo día gris, porque todos son maravillosos u horripilantes, pero siempre sucede algo que te hace recordarlos.
La primera vez que vi George Harrison: Living in the Material World (2011), un documental dirigido por Martin Scorsese. Pensé en eso. Scorsese hizo bien en entrar sólo en lo que fue George Harrison como hombre, como persona de a pie, porque el documental está hecho a modo de homenaje a un mito ya desaparecido, que no puede defenderse de lo que ahí se diga; pero que dejó clara una cosa toda su vida: No quiso que le conocieran más que los que consideró como suyos y a nadie más quería en su jardín. Ya lo dijo John Lennon: «George, en sí, no es misterioso; pero el misterio dentro de él es inmenso». ¿Cómo no va a ser misterioso un chico que con 24 años, con esa profesión y en ese ambiente, escribe cartas a su madre acerca de su devoción por el Sagrado Corazón de Jesús y de cómo esa devoción la redescubrió y afianzó en la India? ¿Cómo no a ser misterioso un hombre que compone, en un porcentaje altísimo de su obra, maravillosas oraciones o plegarias?
Ante todo, hay que admitir que el trabajo que hizo el director neoyorkino sobre el ex beatle cumple con creces su objetivo: rendir tributo a uno de los mejores guitarristas de la historia. Siempre que uno piensa en los Beatles, se le vienen a la cabeza John Lennon y/o Paul McCartney. Más uno que otro, dependiendo de la época de la que hablemos e incluso después de que la banda se separase, ambos seguían siendo los focos de atención debido a la competencia que existía entre ellos. Este hecho es algo normal, teniendo en cuenta que la mayoría de las canciones están escritas por ellos, pero he aquí la cuestión. Con el análisis de Scorsese, por cierto gran melómano, ese detalle que siempre atrae en sus películas, el espectador tiene ante sí la oportunidad de conocer la vida del miembro más introvertido y talentoso sea dicho, de los Fab Four. Menospreciado por el envite del tándem John-Paul, su carrera dio el salto definitivo después de la ruptura en 1970, y es ahí donde se ve el potencial escondido. Indescriptible. Comparado con John Lennon y Paul McCartney, la cobertura que ha recibido George Harrison a lo largo de la historia ha sido siempre mucho menor.
En apariencia siempre a la sombra de los principales compositores de la banda, George Harrison por fin, cuenta con una película que hace justicia a su figura. Harrison fue el más tímido y huidizo de los cuatro, y aun cuando ya había demostrado ser un guitarrista de primera línea, tardó un tiempo en demostrar sus grandes dotes para la composición. Lo hizo en temas perfectos e inolvidables como Within You Without You, Here Comes the Sun y esa maravilla perturbadora de corazones que sigue siendo Something. Y por supuesto, ya en solitario, con el triple álbum All things must pust (1970), una joya atemporal del rock.
Es cierto que todo hijo de vecino da su opinión al respecto y que, como ya está muerto, no hay nada malo que decir sobre él. Hay quien hubiese sacado los trapos sucios a relucir, el morbo por el morbo consciente de que la controversia incrementaría el interés por el documental. Yo prefiero la manera de llevar su vida según se ha hecho y en perfecta armonía con su carácter: dulce, intimista y espiritual.
En muchas de sus canciones advierte de su oscuro pasado, de sus errores, de sus pecados; pero no nos dice cuáles, pues sólo quiere enmendarlos. ¿Quién somos para airearlos? Siempre odió a los malos periodistas y huyó de los cotilleos. A mí me basta con su música y con el recuerdo vivo que dejó en tantos amigos. Cuando tantas personas recuerdan a uno con tanto amor, es por algo. Testimonios como los de Ringo o el amor de Olivia y su hijo son lo mejor de la película. Y, por supuesto, la música.
En septiembre de 2021 la editorial Libros del Kultrum reeditó en castellano su biografía I Me, Mine (1980). En ella, Harrison cuenta alguna anécdota de su etapa musical en The Beatles pero sobre todo se centra en sus hobbies y en su tormentosa vida de artista. El músico describe sus angustias, admite sentirse taponado e ignorado por Lennon y McCartney y confiesa que «Los Beatles estaban condenados». «Tu propio espacio, amigo. Es algo muy importante. Por eso estábamos condenados, porque no lo teníamos. Es lo que pasa con los monos en el zoológico. Se mueren. Sabes, todos necesitan que los dejen en paz», escribe en dicho relato.
Así, vemos que en este documental Scorsese se volvió a enfrentar a la difícil tarea de construir un perfil de una personalidad universalmente conocida por sus dotes artísticas, y al fin y al cabo, humanísticas. Esto hace que contar algo nuevo, de gran interés y con una mirada distinta sea más complicado que realizarlo sobre una persona anónima o de la que conozcamos menos datos biográficos y así poder realizar un planteamiento sobre la personalidad que parta desde cero.
Los Beatles fueron grandes, los mejores; fueron primus inter pares. Pero después, el mejor músico, el de más inspiración y mayor número de obras maestras de los cuatro de Liverpool, fue George. Con diferencia. ¿Es posible imaginar tocar la guitarra con mayor delicadeza que en Something, Just for today o Your love is forever? Martin Scorsese nos introduce con reverencial devoción, esa pleitesía que el director tiene por los mitos de la década de los años 60, en la vida y obra del beatle más introvertido y raro. Quizás se ha acusado al director de ser extremadamente cándido a la hora de construir su discurso, y que esto podría deberse a que el documental esté producido por la segunda esposa de Harrison (Olivia Harrison), pero lo cierto es que el director neoyorkino no evita ningún tema espinoso, ni obvia episodio traumático alguno. Incluso tenemos relatada y documentada la difícil relación entre Eric Clapton y Harrison, los escarceos con las drogas del músico y sus compañeros y, por qué no, la habilidad paisajística de un guitarrista retirado.
Desde su nacimiento, sus inicios en la música, sus años en con The Beatles, sus años en solitario, su acercamiento a las corrientes místicas, sus experiencias con las drogas, la creación de la compañía cinematográfica, etc. ¿Por qué volver a ver George Harrison: Living in the Material World? Aunque en un principio pueda parecer un documental sobre los Beatles, con sucesión de escenas de conciertos y fans locas en estado catatónico, no es así, aunque la referencia a ello es inevitable, el documental está muy centrado en la imagen y la vida de George Harrison por lo que no se hace pesado ni repetitivo, es solamente una referencia a una etapa de su vida, muy bien tratada y documentada. Scorsese nos enseña la cara más conocida, la menos conocida y la más humana de George Harrison sin caer en la sensiblería. Esta película es de cita obligada para todo cinéfilo y amante de la música. Y un valioso documental que ayuda a comprender un poco mejor la personalidad y el inmenso talento de George Harrison.
En las imágenes finales del documental, cuando el ruido del mundo se acaba y sólo queda la voz serena de Olivia recordando los últimos momentos junto a George, algo se ilumina. No es un cierre grandilocuente, ni un regreso triunfal a los escenarios, es simplemente la constatación de que George nunca dejó de buscar. Lo hizo en los ragas interminables, en el silencio del mantra, en el amor callado que lo sostuvo hasta el final. Martin Scorsese no entrega respuestas definitivas —como el propio George hubiera preferido—, sino que nos deja flotando en esa misma pregunta que acompañó toda su vida: ¿Cómo habitar el mundo material sin que nos atrape del todo? Y sin embargo, en esa incertidumbre hay una extraña paz, porque al final lo que permanece no son los titulares, ni las multitudes, sino las pequeñas grietas por donde se filtró la luz: una guitarra slide que llora con dignidad, una sonrisa irónica ante la fama, una oración susurrada al amanecer, la certeza humilde de que all things must pass.
George se fue en noviembre del 2001, pero el documental nos recuerda que nunca se fue del todo. Sigue viviendo en cada nota que aún nos hace cerrar los ojos, en cada persona que gracias a él miro hacia dentro y encontró algo más grande que el ego. En este sentido el quiet beatle resulto ser el más ruidoso de todos: el que sin alzar mucho la voz, nos dejó cantando bajito una verdad antigua. Quizá por eso, al terminar de ver Living en the material world, uno no siente tanta tristeza como una especia de gratitud callada.
Gracias George, por recordarnos que incluso en este mundo de ruidos y prisas, todavía es posible caminar descalzo hacia la luz. Y mientras suenan los últimos acordes de algo que podría ser Something o My sweet lord —ya da igual distinguirlo—, entendemos que en realidad, él nunca se fue. Sólo cambio de habitación y nos dejó la puerta entreabierta.


