Entre la ruina y la memoria

Egipto pertenece a ese espacio suspendido donde el hombre, diminuto y arrogante, se atreve a mirar al cielo y a llamarlo suyo

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Hay algo en el Nilo que huele a mar, aunque sepa a río. Es una fragancia antigua, mezcla de limo fértil y eternidad, que envuelve al viajero apenas pone un pie en Egipto. Bastan unas horas para comprender que este es un país suspendido entre la guerra y el culto, entre la intemperie del desierto y la comunión serena con sus aguas. Todo aquí parece debatirse entre la herida y la grandeza.

El Templo de Philae emerge como un susurro sobre el Nilo. Trasladado piedra a piedra después de la construcción de la Presa de Asuán, esa pirámide hidráulica del último faraón moderno, Philae encontró un nuevo hogar para no desaparecer bajo las aguas. Dedicado a Isis y cuna simbólica de Horus, fue santuario pagano, iglesia copta y ruina romántica antes de convertirse en museo de sí mismo. Sus jeroglíficos, aún firmes, parecen resistirse a la mirada distraída del turista que fotografía sin comprender.

Navegar Nilo arriba es recorrer una cronología líquida. Las riberas verdes, salpicadas de palmeras y juncos, desafían al desierto que acecha a pocos metros. En Templo de Kom Ombo, Sobek y Horus compartieron altar en una simetría imposible, recordándonos que el orden y el caos no son enemigos, sino hermanos. Allí, el hombre aprendió que las estaciones rigen más que los caprichos del poder y que el polvo no es derrota, sino destino compartido.

Las esclusas interrumpen el fluir del río como pequeñas victorias técnicas. Son conquistas provisionales frente a una naturaleza que tolera, pero no abdica. El Nilo posee una luz abrasadora que no termina de quemar; una claridad que embriaga sin destruir. ¿Qué es una maravilla si nadie la canta? Quizá solo piedra. Quizá solo agua.

El Valle de los Reyes, en la orilla occidental de Luxor, es un diálogo permanente entre la vida y la muerte. Allí, en las entrañas de la montaña, los faraones grabaron su esperanza de eternidad. La tumba de Seti I despliega bóvedas astronómicas donde el calendario lunar y los signos del zodiaco vigilan el descanso del soberano. Ante ese firmamento subterráneo, uno se pregunta dónde termina la arqueología y comienza la profanación. Tres mil años no nos otorgan derecho alguno; apenas nos conceden asombro.

Frente a los acantilados de Deir el-Bahari se alza el templo de Hatshepsut, la mujer que se atrevió a ser rey. Su santuario no violenta el paisaje: lo prolonga. Columnas y terrazas dialogan con la roca, como si la arquitectura hubiera brotado de la montaña. En sus capillas, Hathor y Anubis custodian el ciclo perpetuo de fertilidad y muerte. Egipto no temía el tránsito final; lo preparaba con minuciosidad casi doméstica.

Pero es en el complejo de Karnak donde el poder adquiere proporciones ciclópeas. El templo de Amón fue ciudad, fortaleza y escenario de intrigas. Su sala hipóstila, bosque de columnas monumentales, parece disputar el cielo a las nubes. Obeliscos, lagos sagrados y avenidas de carneros configuran una teología en piedra que sobrevivió a dinastías y conquistas. Al atardecer, el cercano Templo de Luxor se tiñe con los últimos rayos de Ra, y uno comprende por qué este pueblo adoró al sol: aquí la luz no ilumina, revela.

El contraste llega en El Cairo. Caótica, superpoblada, exhausta y vibrante, es una ciudad que parece desbordarse a sí misma. Entre el polvo y el tráfico late un pulso indomable. El nuevo Gran Museo Egipcio representa un intento consciente de reconciliación con el pasado. Tras siglos de expolio e invasiones, Egipto comienza a custodiar su herencia con ambición moderna. No hay proyecto nacional sin memoria compartida.

Desde la ciudadela de Saladino, concebida más para prevenir insurrecciones que invasiones, se divisa una urbe que lucha por encontrar equilibrio. La mezquita de Mehmet Ali, de alabastro luminoso, simboliza esa tensión entre tradición y reforma. Incluso los gobernantes más fuertes temieron siempre a su pueblo; quizá porque sabían que el poder sin legitimidad es apenas una fachada.

Y, sin embargo, todo palidece ante las pirámides de Guiza. No hay hipérbole posible. Alineadas con el cinturón de Orión, mudas testigos de imperios y revoluciones, resisten la erosión del tiempo y la codicia humana. Cerca, en Saqqara, la pirámide escalonada anticipó un lenguaje arquitectónico destinado a dialogar con la eternidad.

Egipto es un país en construcción y en ruina simultáneas. Entre la pobreza latente y las infraestructuras emergentes, entre el peso de la historia y la incertidumbre del porvenir, se perciben brotes de voluntad colectiva. Quizá ahí radique su verdadera grandeza: en la capacidad de sobrevivir a sí mismo.

Alejandro, Augusto y Napoleón quedaron sobrecogidos ante estas moles de piedra, turistas de uniforme que, aún envueltos en púrpura fueron uno de tantos. No fueron los primeros ni serán los últimos. Porque Egipto no pertenece al pasado: pertenece a ese espacio suspendido donde el hombre, diminuto y arrogante, se atreve a mirar al cielo y a llamarlo suyo.

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