Hace algunos días el periódico ABC publicó una noticia muy perturbadora, una noticia lo suficientemente perturbadora, de hecho, como para acaparar la atención de los periodistas durante días e incluso estremecer los cimientos de la comunidad política: los intentos de suicidio habrían aumentado un diez por ciento, ¡un diez por ciento!, en Madrid durante los meses de la pandemia. Se trata de un fenómeno comprensible, sin duda, en una época de sobremortalidad, de declive económico y de restricciones inequívocamente desproporcionadas y muy probablemente inhumanas. Pero no deberíamos tomar esa lógica inherente a la tragedia, esa aparente sencillez explicativa, como un pretexto para obviarla y ocuparnos de asuntos más intrincados. Por muy evidentes que sean sus causas próximas, la tragedia está ahí, frente a nosotros, interpelándonos, y hacer como si no existiera, que es precisamente lo que hemos hecho hasta ahora, sólo contribuiría a agravarla y a degradarnos.

El suicidio existe, suponemos, desde el inicio de los tiempos, desde que un ser llamado hombre, un ser con aspiraciones absolutas y capacidades limitadas, habita la tierra. Casi siempre ha sido concebido como un desorden, como un mal que debe evitarse. «Aplicaremos al hombre las palabras no matarás, entendiendo: ni a otro ni a ti, puesto que quien se mata a sí mismo mata a un hombre», señala san Agustín al inicio de La ciudad de Dios, cuando comenta el caso de Lucrecia, una mujer romana a la que ultrajó el hijo del rey Tarquinio y que, incapaz de sobrellevar la onerosa carga del oprobio, terminó suicidándose. Lucrecia, que había sido víctima de un salvaje, se convirtió después en victimaria de sí misma: «El hecho de darse muerte por ser la víctima de un adúltero, sin ser adúltera, no es amor a la castidad, sino debilidad a la vergüenza», sentencia el obispo de Hipona.

Chesterton es, si cabe, más rotundo que Agustín. Para él el suicidio no es un mal equiparable al homicidio, sino el peor de los crímenes que pueden concebirse: «No es que el suicidio sea un pecado, sino que es el pecado. Es el mal definitivo y absoluto, la negativa a amar la existencia y a pronunciar el juramento de fidelidad a la vida. Quien mata a un hombre mata a un hombre. Quien comete suicidio mata a todos los hombres y, por lo que a él respecta, borra el mundo de un plumazo (…) Tiene sentido enterrar apartado a un suicida. Su crimen es diferente de todos los demás, pues convierte en imposible incluso el crimen». Quizá sorprenda la vehemencia del escritor inglés. No debería, en realidad. Con su apuesta personal, el suicida rechaza abiertamente lo que Chesterton siempre defendió: que la vida es un don y que, precisamente por eso, hemos de agradecérselo alegremente a Aquél que nos lo ha concedido.

Todo esto es verdad. En cualquier caso, conviene tener en cuenta que el hombre es un ser naturalmente inclinado al prójimo, que, por tanto, todos sus actos tienen una dimensión comunitaria y que el suicidio no es una excepción. Cuando hablemos de un suicidio, debemos recordar que el suicida no ha perpetrado un acto estrictamente individual. Cuando hablemos de un suicidio, debemos recordar que el suicida ha nacido en el seno de una familia, que probablemente haya jugado con unos hermanos, se haya rebelado contra la autoridad de unos padres y haya llorado la muerte de unos abuelos. Cuando hablemos de un suicidio, debemos recordar que el suicida pertenece a una comunidad que le ha dado un idioma con el que cantar el esplendor de una alborada o la belleza de una mujer, un Dios al que adorar y unos héroes a los que imitar. Cuando hablemos de un suicidio, debemos recordar que el suicida es una persona y no un individuo.

Es probable que, una vez recordado esto, el crimen del suicida se nos antoje aún más sórdido. No sólo ha atentado contra su vida, sino contra la familia que lo ha amado y contra la comunidad que lo ha educado. No sólo se ha infligido un daño irreparable a sí mismo; también ha infligido un daño difícilmente reparable a quienes han intervenido de un modo u otro en esa vida que le dolía. El rostro del suicida adquiere así los contornos del de un terrorista islámico; las víctimas de su crimen se cuentan por centenares. Las palabras de Chesterton cobran pleno sentido: «Quien comete suicidio mata a todos los hombres».

Sin embargo, si no añadiéramos nada más y nuestra disertación acabara aquí, pecaríamos de un grosero reduccionismo. El suicida no es un simple verdugo, sino también una víctima. De sí mismo, pero no sólo. Igual que no es la única víctima de su apuesta, tampoco es el único culpable. Precisamente porque el suicida ha nacido en una familia y en una comunidad, la sombra de la culpa se cierne sobre una muchedumbre más o menos numerosa de personas que podrían haber hecho algo por evitar la tragedia y no lo hicieron. «Los miembros de la familia también son sus víctimas, pero no pueden acusarlo; se sienten culpables, pero no saben qué han hecho o dejado de hacer», dice Fabrice Hadjadj. Nos compadecemos del suicida porque en él descubrimos algo distinto a lo que descubrimos en un criminal al uso. Nos compadecemos del suicida porque en él descubrimos una oscura ambivalencia: es culpable, sí, pero es sobre todo la víctima de un verdugo como policéfalo.

Así, cada suicidio no apunta únicamente a la tragedia de un hombre desesperado, sino también a una cierta putrefacción del ecosistema en el que vive. Tras nuestra actual –y elevadísima– tasa de suicidios subyace, como condición necesaria y tal vez también como causa, la morbidez de una comunidad política incapaz de ofrecer a sus miembros un motivo para vivir y la iniquidad de un sistema que aísla y enemista a los hombres hasta convertirlos en átomos que chocan entre sí incesantemente. El suicida de nuestros tiempos es, pues, algo más que un individuo huérfano de esperanza; en él, tras su carne exánime, entrevemos la mueca de una sociedad perversa.